Dormir, para que en el peor momento la tecnología me despierte, y una mano peluda y grisácea me saque de mi letargo. Me aguarda la noche en el hueco del saco. Lo esquivo. Reboto en la gomaespuma que escapa del tapizado de cuero casi blanco, casi negro. Flameo hacia el piso que se mueve, entonces me pisan me patean me ensucian me arrastran me duelen. No lloro. Es en vano en un mundo de sordos. Veo la puerta. Se abre. El viento me levanta y me alejo. El monstruo en el cielo se viste de negro y declara la guerra. Una gota me clava un puñal por la espalda. Y nadie vio nada.
Dos copas de vino contemplan desde una orilla, como una sábana húmeda de transpiraciones blancas retuerce el aire. Y unos labios se rozan, y los seduce el último deseo de devorarse. Y unas piernas se frotan, se resbalan, al mismo tiempo que los humos de una vela y un sahumerio se pelean, y una respiración se agita. Y detrás del ojo de la cerradura, la inmaculada observa, y es sabroso el pecado. Pero entonces: ¿es bueno o es malo?, y si es bueno: por qué condenarlos a muerte. El himno del infierno entona sus estrofas, y una lengua comienza a danzar sobre una piel y se sala de ella, y una saliva espesa color uva se derrama. Y ahora una cabeza gira hacia un costado, y una mano toma una copa, y una boca se llena de vino y se vacía en otra, y un aliento se quema. Un aroma a perfume que embriaga envuelve a una mujer, y esclavo de ese aroma un hombre se somete a un movimiento melódico. Y ahora son dos cuerpos envueltos en llamas, refugiados en el deseo de morirse. Los latidos no cesan y apuñalan sus pechos, y detrás de ellos, dos corazones empollan fantasmas. El himno entona su última estrofa y el movimiento se acelera, y ese grito que arde en la garganta suelta una gota de respiración, y adiós.
Pasan un instante por la vida de uno para quedarse a morir en ese momento como dardos enterrados en el blanco perfecto del ahora
y yo los miro te miro y me perteneces
somos carne y uña y mis manos y mis huesos y tus pies
dos lágrimas paridas por el mismo secreto una sala de espera detrás de la piel un final al final de tus ojos cuarentamil razones despejando un por qué
Y la mueca simula sonreir y los silencios pesan en los hombros y este olor a disciplina casi diez puntos y este reproche absurdo de los devotos de la aceptación.
Es la ingrata conveniencia de adaptarse a este mundo desafortunado y yo bien podría ser una afortunada pero elijo este mundo con sus perros su rabia con su noche de alma en pena
Con un ángel de la guarda sin mi compañía con la leche tibia de una teta anciana y una sombra en adopción y un pasado sin rostro Doscientas respuestas sin pregunta
Me quedo con los adioses de los hombres que aman y el desconsuelo del olvidado y el milagro de un ateo y mis hijos todavía no quieren tener madre
Me quedo
La suerte para otros yo no acepto limosnas que lo sepan.
Entrarás al bar, y la armonía de su luz tenue te indicará que es el lugar perfecto de inspiración que buscabas. Elegirás la mesa del rincón de la izquierda que da a la calle Florida. Te sentarás. Pedirás un cortado, y luego de tu primera pitada, le darás un sorbo. Pensarás en la importancia de la perfección de los cinco minutos que irás llevando con vos a solas. Cuando la satisfacción comience a devorarte, te sentirás invadido por los ruidos molestos y las voces, del matrimonio de fracasados que estará sentado a tu derecha. Te indignará tu convicción de lugar perfecto. Colgarás en el respaldo de la silla tu paz aniquilada. Pagarás la cuenta. Un soplido de furia despedirá el humo de tu última pitada. Quebrarás la colilla de tu cigarro en el cenicero. Te levantarás, y un cartel luminoso te indicará la salida.